“Contra Toda Tradición”: El Fin Ombligo Jazz en la historia del underground talquino (Parte II)

Burlense en la grabación del videoclip “Vamos Burlense”

Nota publicada en el número 14 de la revista Tralka (revisa la primera parte de este reportaje aquí)

Pese a ciertos prejuicios adolescentes comunes en la época, el espacio se caracterizaba por una actitud general de “vive y deja vivir”.

Francisco “Tato” Espinoza (La Pocilga): “Al menos desde mi perspectiva, cuando comenzamos tenía claro que nuestra postura era contra cualquier tipo de discriminación, fuera racismo o sexismo”.

Fabiola Rojas: “Estábamos en un mundo alternativo y habría sido idiota que alguien hubiera llegado con homofobia o misoginia. Éramos pocas mujeres pero era un espacio seguro porque estábamos entre amigos y nos cuidaban”.

Claudia Cáceres: “Un recuerdo del Ombligo era el buen trato que tenía el Ñeko con nuestro grupo que éramos un piño grande. Había un estigma porque era la Diez Oriente y a veces pasaban cosas por ahí, no lo voy a negar, pero que recuerde nunca nos pasó algo malo, lo pasábamos bacán. Carreteamos muchas veces con las bandas que venían de afuera como La Floripondio y EntreKlles porque el espacio era muy horizontal. Ahora una mira atrás y siente que era un privilegio ir a un lugar donde sabías que podías estar tranquila”.

Afiche del show de EntreKlles, octubre de 1994

Pablo Francisco “Trapo” Cáceres: “Algo que tenía el Ñeko es que cuidaba a la gente. A nosotros siempre nos trató bien”.

La violencia en el local se limitaba a los altercados típicos en cualquier bar, pero las posibilidades más reales de agresión venían de afuera.

Rubén “Roli” Urzúa (Fiskales Ad Hok): “Veníamos de una gira y pasamos a Talca de vuelta y cuando llegamos al Omblgo nos presentamos y nos dijeron, ‘¡Pero si los Fiskales llegaron hace dos días!’ y había una banda que se había hecho pasar por nosotros que eran unos amigos, los Calefont. Los hueones estuvieron viviendo dos días a costa nuestra y bueno, hasta el dueño del local se cagó la risa. En la noche la tocata estuvo superbuena, yo después salí, el barrio era medio travesti y de repente apareció un tipo vestido de huaso a caballo con una pistola disparando al aire. Todos los travestis arrancando, yo no entendiendo nada, pensando ¿qué huevada hice? Y el huaso detrás de todos los hueones, fue la media cagada”.

Pablo Francisco “Trapo” Cáceres: “Teníamos un amigo que era hijo de la dueña de la cantina que está frente al Ombligo. El hueón a veces se rajaba con ponche y después de que tocó Fiskales nos invitó a pasar. Estábamos ahí y de repente se escuchan unos balazos y el Álvaro España estaba afuera gritando, ‘Déjenme entrar, déjenme entrar”.

Renato Maldonado: “Salimos con un grupo de una tocata en el Ombligo caminando por la Tres Sur e íbamos pasando por la Uno Oriente en la esquina del Integrado. Ahí un parcito que andaba de carrete gritó algo y una chica de nuestro grupo que iba con su pololo más adelante les respondió. Salió un loco corriendo con un cuchillo en la mano, un carnicero de unos 30 centímetros de hoja, y el otro loco fue con las manos peladas. Ese se tiró unos rounds con el Polanco mientras el loco del cuchillo amenazaba a la chica y su pareja estaba en shock, lo único que atinaba a decirle era “corre, corre”. Yo andaba con una cadena y empecé a repartir cadenazos hasta que arrancaron todos y nos quedamos solos con el Polanco”.

Sergio Polanco (Plebeyos, Bala Perdida): “Me enfrenté primero al loco del cuchillo y me hice para atrás cuando sentí un golpe con la hoja en el codo izquierdo (andaba con una chaqueta de mezclilla). Ahí apareció el Renato con una cadena que en un extremo tenía una lienza rellena con un plomo para caña de pescar. Con eso espantó a los locos pegándoles fuerte”.

Renato Maldonado: “Nos alejamos caminando y el Polanco decía, ‘sigamos, sigamos, no te pares, no te pares‘, hasta que llegamos a la Uno Poniente y cortamos por la Dos Sur. Ahí estaban los cabros en la bencinera y parece que habían llamado a los polis, que nunca llegaron. De ahí nada más, no pasó a mayores, aparte del susto de la pareja de amigos que aprendió a andar más piola en la calle”.

Los conciertos de las bandas visitantes dejaron anécdotas memorables donde se enfrentaban la euforia colectiva con los esfuerzos externos por cortar los festejos.

Fritz Demuth (La Floripondio): “Ese lugar era la única referencia que teníamos de Talca. El mérito se lo doy al Ñeko, su administrador. Sin ese local, hubiésemos pasado directo desde Santiago a Concepción. Excepto contadas excepciones, principalmente algunas universidades o cosas muy aisladas, en el circuito musical rock, ska, punk o como se quiera llamar entre Santiago y Conce no hay mucho movimiento, normalmente no conviene ir. De Santiago hacia el sur donde hay movimiento es en Conce, un poco en Temuco y más en Puerto Montt y Valdivia. El público que asistía a ese bar era súper bueno, se notaba que la ciudad no ofrecía muchas alternativas, entonces cuando íbamos se armaba la tremenda jarana”.

Gabriel “Migraña” Muñoz (La Floripondio): “Ese antro tenía una onda tremenda, era como el bar de Star Wars. Creo que era el único lugar en una ciudad facha donde bandas como la nuestra podían tocar”.

Mario Álvarez (Baco): “Estaba tocando La Floripondio y en la mitad llegó el OS7, bajaron a la banda del escenario y revisaron a todos a la antigua, ‘hombres pa acá, mujeres pa allá‘. Estábamos todos arriba de la pelota, cagados de la risa y ni los pacos tenían claro qué andaban buscando, a lo mejor el nombre de la banda fue demasiado sugestivo y se persiguieron. Estuvieron 45 minutos, pasaron un parte porque habían menores de edad, se fueron y siguió la tocata”.

Gonzalo Díaz Letelier: “Cuando llegaron los pacos al bar se corrió la voz y quienes andaban cargados ocultaron lo que tenían en los pliegues del cubrepiso en una sala que estaba más al interior de la casa. A los que revisaban los iban echando afuera del local y cuando la policía se fue, desde uno de los bares del frente salió un borracho con poncho tambaleándose y se dirigió al grupo de gente ya revisada. El viejo se acercó amenazando con sacar algo que se adivinaba como un arma, gritando contra la pila de ‘chascones culiaos, maricones y hippies’. Hubo una pequeña estampida hasta que la gente cachó que el tipo estaba puro hueveando y lo hicieron retroceder tirándole un par de botellas. Después de eso entramos y la tocata siguió con tutti”.

La Floripondio frente al Río Claro

Miguel Ángel “Comegato” Montenegro (Supersordo, Yajaira): “Estuve un par de veces allí con Supersordo y después con Yajaira. Recuerdo una casona de campo, las tocatas que se hacían ahí eran bien a pulso, tenía un escenario pequeño, era bien particular el sector donde estaba, harto prostíbulo en la calle de atrás unas niñas con unos braseros en la calle en medio del invierno tirando pinta. Era el lugar donde se tocaba en Talca en la década de los 90s”.

Rodrigo “Rodman” Muñoz: “Vendían un copón de chela era como una copa grande con bombilla que hacía sus tres litros. Íbamos en invierno y en ese tiempo las cajas de vino traían una especie de guatero adentro, entonces los tipos entraban esos guateros en las parkas. Al final pedían una pura copa y salían hechos mierda a puro vino blanco”.

Afiche del show de Machuca, septiembre de 1996

Francisco “Tato” Espinoza (La Pocilga): “Fuimos teloneros de Machuca el 28 de septiembre de 1996 y el Ñeko nos pagó en cervezas”.

Rodrigo “Rodman” Muñoz: “El baterista de Machuca le regaló al Tato unas baquetas como diciendo ‘si se esfuerzan cuando grandes serán como nosotros’ y al Tato ni le gustaba Machuca”.

Memo “Memoria Radial” Dumay (Panico): “Fuimos a Talca a fines de 1997 como parte de una mini-gira que incluyó Linares, antes de ir a grabar el disco “Rayo Al Ojo” a Buenos Aires. Viajamos directo desde Santiago en una van, llegamos a instalar tarde y tocamos aún más tarde. Hubo un carrete no menor y mis recuerdos más nítidos son del local, donde nos servimos un whisky después de tocar. Al día siguiente nos llevaron a almorzar a un restaurante, creo que Las Viejas Cochinas, donde comimos unos pollos al borde del Río Claro. Partimos a Linares y después de esa tocata volvimos a Santiago en la misma noche”.

Afiche del show de Panico, agosto de 1997

Rodrigo “Rodman” Muñoz: “Panico vino en pleno invierno y había medio temporal. Nos pusimos de acuerdo para ir con el Juanjo y el Tato, y el Juanjo se nos perdió y apareció en la tocata. Empezó a tocar Panico y en un momento el Juanjo estaba parado arriba del escenario, raja de curado, apoyado en un bafle. Andaba con una polera de Fiskales y como que nadie decía nada y él arriba vacilando hecho bolsa y en un momento el Eddie Pistolas dijo, miren aquí al hombre con una polera de Fiskales Ad Hok, y el Juanjo, como esos curados que ya no cachan nada, levantó la mano para saludar, onda ‘eeeeeehhhh’”.

Gustavo “Oshea” Rodríguez (Plebeyos): “El local estaba conectado con la casa del Ñeko que era una pensión entre comillas donde se arrendaban piezas. Con el tiempo uno cachó que como era el barrio rojo por una puerta lateral llegaban las chicas de la noche, los travestis y los trans. La noche que tocó Panico algunas de esas chicas y chicos estaban en el público y en la barra, ya que por lo general pasaban a servirse alguna cosita para pasar la sed o el frío”.

Rodrigo Tapia Coco (ADN): “Cuando fuimos a ver a Panico salimos a comprar cigarros sueltos con un amigo a un prostíbulo que estaba a la vuelta. Hubo una redada y las chiquillas nos metieron el fondo y nos dejaron encerrados, se olvidaron de nosotros y nos perdimos Panico. Cuando salimos ya estaba el Eddie Pistolas afuera dando autógrafos, así que nos perdimos todo el concierto. Nadie nos creía la historia”.

La casona que albergó al Fin Ombligo Jazz , 2025

Luego de años de shows y eventos como las versiones iniciales de los festivales Talmetal y Furia, Luis dio un paso al costado poco antes del terremoto de 2010. Hoy la casona que alojó el Fin Ombligo Jazz funciona como un hostal remodelado que recibe más turistas extranjeros que huasos armados.

Luis “Ñeko” Fuenzalida: “Cuando hice esto no esperaba aplausos, pensaba que era algo necesario y aportaba con mi granito de arena.Durante años fui mecenas del asunto y a veces las personas no ven el trabajo que hay detrás y te critican. Me tildaron de comerciante y es obvio que lo soy, si mi negocio era el bar más que nada, que se combinaba con el interés de ayudar al arte. Pero esas cosas sumado al trajín y el trasnoche te van agotando, así que decidí pasar a otra etapa”.

A 30 años de la explosión de creatividad que acogió el Fin Ombligo Jazz, queda la duda sobre el legado de las escenas regionales que no producen artistas consagrados. Parafraseando a un entrevistado, tal vez su valor va más allá de la lógica del consumo y el dinero.

Carlos “Colo” Yentzen Quitral (Bala Perdida, Burlense): “Lo que más rescato es que era un lugar para ir a tomar y reírse. Rescato que sigamos juntos, donde vas te encuentras con alguien que conociste en el Ombligo, y que la música nos haya hecho pensar o creer que pensábamos”.

Pablo Francisco “Trapo” Cáceres: “Es muy distinto el underground que surge en ciudades como Londres o Nueva York. Por eso hay que valorar lo que hubo en Talca en ese momento porque no había por dónde, veníamos saliendo de la dictadura, éramos cabros chicos y por la voluntad de las bandas, la gestión del Ñeko y el boca a boca se fue dando un espacio donde podíamos compartir con gente como uno, un lugar que era de nosotros”.

En 2025 las amenazas de “repartos” y “manotazos” hacen que la gente escuche con atención a los que dicen que la sociedad debe funcionar como una selva o un casino. Pese al carácter iconoclasta de su evento más celebrado, la existencia de este local forma parte de una tradición colaborativa que sus protagonistas rescatan.

Fabiola Rojas: “Los lugares así protegen al underground, permiten el encuentro e intercambio de ideas. A lo mejor para algunos sólo fue una diversión, pero para otros formó parte de nuestra construcción de vida como en mi caso, que soy embalada con el tema de la educación pública. Varios llegaban y no conocían a las bandas, pero igual entraban a un mundo que era abierto. Eso era potente, la idea de compartir conocimiento, un cigarrillo, una chela. Todo se compartía y si a alguien le faltaba plata, hacíamos las monedas”.

Luis “Ñeko” Fuenzalida: “Yo me quedo con las cosas positivas, con la cara de felicidad de los chicos. Muchas veces miré los números, vi que perdía plata y decía, no hago ninguna tocata más.  Al rato llegaban los cuatro o cinco pelagatos que estaban ahí y me decían, ‘puta que estuvo bueno, ¿Cuándo vas a hacer la próxima?’. Ahí quedaba mudo y pensaba, bueno, sigamos con el rock and roll”.

Luis “Ñeko” Fuenzalida,, 2025

* Agradecimiento a Rodolfo Rojas, Rodrigo Tapia y Gustavo Rodríguez por la localización de contactos, sesión de fotografías y digitalización de archivos.