
“Recordad esto. Dos de los géneros (…) más difíciles son el humorístico y el sobrenatural. Cuando son tratados por incompetentes, el humor resulta lúgubre y lo macabro produce risa”.
John MacDonald en la introducción de “El umbral de la noche” de Stephen King
Me gustaría empezar estas palabras de manera confesional: consumo menos televisión y películas que lo que veía cuando tenía cable a principios de este siglo (no tengo plataformas y todo lo que obtengo llega a mis manos a través de la magia de Soulseek).
Debido a eso usualmente estoy rezagado con las nuevas obsesiones que pululan en redes sociales, pero como la cesantía vino a visitarme de improviso (y se niega a marchar, pese a mis esfuerzos por señalarle la puerta) decidí darle una oportunidad a una serie que me recomendó una amiga con la cual compartimos un interés por lo macabro e hilarante.
La propuesta sugerida fue la primera temporada de “Widow’s Bay” (2026), que esta semana fue noticia por sus 19 nominaciones a los premios Emmy. Recapitulando lo que probablemente ya leyeron cortesía de colegas que pasaron de la adicción al copy paste a una dosis intravenosa de IA: estamos en una isla de Nueva Inglaterra afectada por maldiciones múltiples, donde lo sobrenatural y lo absurdo se turnan en un karaoke de grandes éxitos que hacen referencia a “Twin Peaks”, “The Fog” y una avalancha de citas que me obligó a buscar una lista de easter eggs para ver si se me había pasado algo.
Lo que hace que este sea más que un “mixtape de Stephen King” (como algunos han descrito cáusticamente) son unos protagonistas con más cerebro y corazón que los que pueblan usualmente estos procedimientos.
Loftis no es el alcalde de “Jaws” que intenta abrir playas cegado por la codicia (la relación con su hijo es el ancla emocional de muchas de las decisiones incorrectas que adopta). Wyck no es el pescador / campesino que busca asustar a los turistas con monólogos inquietantes motivados por temor al mundo moderno (de hecho, el discurso que ofrece durante una misión marítima demuele limpiamente varios de esos estereotipos).
Con toda su mochila de inseguridades y excentricidades, Patricia es un personaje con capas perfectamente creíbles (¿quién no quiso alguna vez ser aceptado/a socialmente o ser el alma de una fiesta que no resultó como lo planeado?), que surge victoriosa al enfrentarse al sustituto de Michael Myers que la traumatiza desde la secundaria (y de paso vengarse de la arpía que le hace la vida imposible).
Hay algunas debilidades que no hacen mella al producto final, pero que vale la pena identificar. La mayoría de los adolescentes que aparecen son tan predecibles e intercambiables como los que poblaban las secuelas que disfruté durante mi adolescencia en VHS o cuando lograba colarme a funciones de películas para mayores de 18 años (“A Nightmare on Elm Street 4: The Dream Master”, “Friday the 13th Part VIII: Jason Takes Manhattan”… algún día las revisitaré para reírme con ellas y de ellas).
Otro detalle menor es que la temporada concluye aplazando la revelación de los mayores misterios que envuelven a la isla, una táctica frustrante que un amigo describe como “estirar el chicle” (de manera accidental o deliberada) y que puede conducir a decepciones monumentales como la que sufrieron los acólitos de “Lost” (aunque un buen cierre no garantiza mucho… la primera temporada de “Westword” cerró de manera espectacular para luego declinar en calidad y coherencia con cada dolorosa temporada siguiente).
Quizá el único problema relevante para mí y mi subjetividad es que a ratos el pulso se enfoca tanto en generar un ambiente de tensión y desasosiego que algunas bromas son demasiado sutiles para aterrizar de manera satisfactoria (dicho de otro modo, sacan más sonrisas que carcajadas).
La combinación entre horror y comedia siempre ha sido compleja y en una entrevista en un podcast la creadora de la serie, Katie Dippold, reconoció que su idea inicial de “Widow’s Bay” se inclinaba más por el aspecto cómico y que en la versión final se decantó por una propuesta menos exagerada en el departamento de risas (ese guion precedió su paso por “Parks and Recreation” y la ayudó a conseguir el puesto de guionista en esa serie).
Independiente de estas objeciones, resulta fascinante ver a Stephen Root, un actor de reparto que he reivindicado por sus roles en “Office Space” y “NewsRadio” (la mejor sitcom de la década de 1990, sin discusión) enfrentar arpón en mano a una aparición espectral, disfrutar de las citas a “It”, “1408” y “The Shinning” en el episodio del hotel embrujado y otros momentos absurdos y satánicos que no mencionaré para evitar elevar el conteo de spoilers.
Aunque abundan los comentarios sobre lo “novedosa” y “refrescante” de su propuesta hay que recordar que el camino que debió recorrer “Widow’s Bay” desde la idea original hasta su estreno fue de casi dos décadas.
Tal vez eso explica la solidez de la propuesta: aunque ocurre en la actualidad es un producto diseñado de manera conscientemente atemporal (sus creadores comentaban que a través de la iluminación y la escenografía buscaron darle dar una estética “setentera”) lo que le da un atractivo aún más amplio.
Para bien o para mal vivimos en un mundo que opera bajo tensiones cíclicas, donde un republicano octogenario vuelve a enfrentarse a una República Islámica que lo tiene cogido de las pelotas, hay una crisis energética por la tensión en Oriente Medio, magnates promueven una automatización que llena sus bolsillos y destruye empleos y los populistas convencen a los votantes que los problemas del capitalismo se resuelven con un capitalismo inyectado con esteroides.
Frente a un panorama deprimente, pero curiosamente familiar, es reconfortante sentarse frente a la pantalla por unos minutos y ver como un trío de inadaptados y perdedores superan sus diferencias y actuan juntos para patear algunos traseros demoniacos. Esta catarsis infernal puede ser breve y no despeja las nubes de tormenta que nos azotan, pero en 2026 las risas y los sustos que entrega son algo más que bienvenido.
