“Ellos no tenían angustia alguna, pues sus vidas eran claras y definidas”: Revisitando a Manuel Rojas y el barrio de El Arenal

Manuel Rojas (Archivo Central Andrés Bello U. de Chile)

Nota publicada en Revista Alafibra

Hace unos días pude asistir a un homenaje que la Universidad de Chile realizó a Manuel Rojas. El encuentro, que incluyó un conversatorio sobre la vigencia de su obra y la develación de una placa en su nombre, fue revelador en muchos sentidos. Pese a mi interés por su figura había facetas que ignoraba en la vida del escritor, como su relación con esa casa de estudios donde me titulé y él trabajó por 25 años.

En la actividad también se presentó “Hombres del pueblo”, antología que reúne siete cuentos suyos y forma parte de la colección Biblioteca Esencial UChile. Un amigo se interesó por el libro y me encargó una copia, que leí esta semana y me gustaría recomendar a cualquiera que tenga un interés, aunque sea pasajero, por entender lo que movilizaba al autor reconocido con el Premio Nacional de Literatura en 1957.

Mi primer acercamiento a su obra fue en los libros que acompañaban revistas escolares en la década de 1980, dónde descubrí historias de bandidos que recorrían los campos, cometían fechorías y recibían el castigo de la autoridad o la biología (esas damajuanas de vino podían ser traicioneras). La simpleza de esa visión infantil chocó frente a los relatos presentados acá, dónde los antihéroes no son personajes, sino personas.

Mi curiosidad por estos textos fue avivada por los comentarios expresados en el panel donde un grupo de académicos ofreció una panorámica más amplia de la que tenía: la del escritor proletario, simpatizante del anarquismo y que reivindicó la existencia de un segmento de la población estereotipada por los guardianes de la cultura y consumida por el vampirismo de los capitanes de la industria.

Esos elementos forman parte de su historia, pero al arañar la superficie surgen otras facetas. Cada cuento tiene su mérito narrativo y emocional, pero los que más me impactaron fueron “Laguna” (1922) y “El bonete maulino” (1926). El primero describe las circunstancias extremas bajo las cuales algunos trabajadores nómades debían ganarse la vida construyendo obras férreas en la Cordillera de los Andes.

En medio de peligros como la hipotermia y las ventoleras que pueden coger a un hombre y lanzarlo al fondo de un abismo para terminar convertido en “una cosa sin nombre”, se desarrolla la amistad entre el narrador y un compañero de labores perseguido por la desgracia, que parece cargar sobre sus hombros todas las penurias de una clase social.

La segunda historia me pareció la más lograda en términos de construcción psicológica y acción, con un añadido personal: en una historia delictiva ambientada en Talca y sus alrededores, se incrusta una mención al “barrio de El Arenal” donde reside mi familia y viví casi toda mi adolescencia. Bajo una pluma furiosa, los campos de Pencahue y la ribera del Río Claro son escenario de una historia teñida de rojo por los códigos de violencia que caracterizan la literatura fronteriza cultivada por Elmore Leonard y Cormac McCarthy.

Algo que resuena en cada escala narrativa es una descripción sentimental precisa que otro escritor menos hábil habría convertido en melodrama o cinismo; acá hay humor negro de sobra, pero no a expensas de un lisiado perdido en un laberinto kafkiano donde intenta ubicar la residencia de un amigo en medio del frío y la oscuridad (“Un mendigo”, 1929).

Al agradecer el homenaje a su padre Paz Rojas se refirió con cariño a la influencia que sigue teniendo su obra entre los jóvenes, desde el mundo de la literatura al rock. Según Jorge Guerra, presidente de la Fundación Manuel Rojas, esta vigencia no se debe a una clarividencia política sino a que “como todos los grandes escritores, trata valores permanentes del ser humano (…) con una sencillez y una claridad que emociona”.

Lo más incómodo de su lectura no es el machismo frágil y risible de algunos de sus protagonistas, sino comprobar lo lejos que estamos de haber superado algunas injusticias denunciadas un siglo atrás. Puede que los muros de barro hayan cedido el paso a los rascacielos gracias a terremotos e inmobiliarias, pero hay problemas que perduran más allá de la remodelación de fachadas urbanas y el asfalto en caminos rurales.

Los vicios del pueblo siguen siendo pruebas de impureza moral que ameritan registro y escarnio público (los eufemismos favoritos del 2026 parecer ser “vandalismo” e “incivilidades”), mientras los pecados de los dueños de la salud y las jubilaciones duermen el sueño de los injustos, amontonados en causas judiciales olvidadas y amordazadas.

Estas historias son pinceladas que colorean lo que fuimos y podríamos ser, cargadas de risas en medio del dolor, la soledad y el desarraigo, rabia, cariño y compañerismo. Son lecturas que deberían movernos a pensar y actuar en tiempos de precarización laboral, un recordatorio de que lo que tienes en la cuenta bancaria (antes o después del picotazo del CAE) no determina tus aspiraciones, sentimientos o valor como ser humano.