
En la última columna televisiva que escribí sobre “Widow’s Bay” partí poniendo las cartas sobre la mesa y reconociendo un déficit de series que arrastro desde la década pasada, cuando trabajaba de noche y dormía de día (era casi como vivir en otro huso horario y tengo lagunas múltiples sobre cultura popular que todavía estoy resolviendo… para que se hagan una idea lean la letra de R.E.M. “Daysleeper”).
En el tope de mi lista de pendientes hay sospechosos habituales (“Dark”, “Breaking Bad”, “Better Call Saul”) y “True Detective”, que siempre me ha interesado por los comentarios que hacen referencia a una influencia que habría tenido en ella la filosofía pesimista de Thomas Ligotti (de quien leí una historia lovecraftiana muy recomendable llamada “La última fiesta de Arlequín”).
Hace poco vi pasar en redes sociales reseñas del primer episodio de “Lanters” (2026) que mencionaban que esta serie de DC tiene rasgos de “True Detective”, sin alcanzar su genialidad. Como no he visto la serie que partió en 2014, pero si acabo de ver el primer episodio de su supuesta imitación sólo puedo expresar un juicio muy favorable de este último producto, que algunos daban por muerto antes de su estreno y que hoy cuenta con una calificación de 95 por ciento en Rotten Tomatoes.
Puede que a los críticos que han vivido exclusivamente frente a pantallas planas les falte una pieza del puzle, como a mí por haber vivido nueve años en el horario de Batman: la existencia del cine y la novela negra, donde protagonistas amorales se movían esquivando navajas, sobredosis de plomo y zapatos de concreto en un mundo gris donde no operan los arquetipos de héroes y villanos (sólo lean a Jim Thompson y entenderán lo que digo).
La influencia de ese género marcadamente realista o pesimista se aprecia en híbridos como “Blade Runner” y en este nuevo show, que hasta el momento prescinde de cualquier toque lúdico de otras piezas del universo de James Gunn como “Superman” o “Peacemaker” (que no planeaba ver porque el personaje que Michael Cena interpretaba en “Suicide Squad” era un pelmazo, pero me sorprendió por su arco argumental y redención).
Independiente de quien robó a quién, no me había hecho muchas ilusiones de seguir las aventuras de un personaje secundario que Ryan Reynolds trituró en 2011 por razones incomprensibles y del que sólo tenía recuerdos vagos basados en los “Súper Amigos” que pasaban en la televisión abierta en la década de 1980. Tal vez por eso me sorprendió tanto lo que vi y estoy esperando que salga pronto un nuevo episodio.
Se nota un grado de materia gris en los diálogos entre Hal Jordan y John Stewart y en la resolución drástica de la primera amenaza (la secuencia del interrogatorio en la cárcel es lo más logrado del piloto), que podrían calzar perfectamente con el cinismo y la desesperanza que reflejaba el noir en las décadas de 1940 y 1950 (para más información les recomiendo el libro de Max Décharné “Hardboiled Hollywood: The Origins of the Great Crime Films”).
Es posible que la serie implosione o repunte antes de que cierre la temporada, pero por el momento es una apuesta de “ciencia ficción realista” que se ha ganado un espacio entre mis (rezagadas) preferencias. Si mis “agudos comentarios” los convencen de darle una oportunidad , me alegra, y si discrepan conmigo, al menos les di algo para matar el tiempo en el viaje en micro o metro (sólo cuiden sus pertenencias y recuerden que, como advertía Cornell Woolrich, la noche tiene mil ojos).
