“Nos gusta lo extraño, la diferencia, lo raro”: Miguel Conejeros, Jorge González y la casa que su música construyó

Miguel Conejeros , Santiago, 2026 (Carlos Aliaga)

Miguel y Jorge no son sólo amigos. Ambos artistas son dos caras de una moneda forjada en un Chile bajo Pinochet: la contracultura y lo masivo, facetas de un pop con ideas que cuestionan a una sociedad rígida y exitista. Aunque partieron con guitarras afiladas, desde sus inicios comparten un interés por las máquinas que han explorado juntos y separados. Este año el disco “Cobijo” marca un capítulo colaborativo en la historia de figuras que, aunque recelan de la cultura masiva, no buscan quedarse en nichos o vanguardias.

“Vengo de La Unión y ahí llueve casi todo el tiempo. Gran parte de mi infancia transcurrió puertas adentro y, sin televisión ni teléfonos móviles, pasaba horas al lado del equipo Phillips de mis padres escuchando sus vinilos. Recuerdo que no solo me hipnotizaban las canciones, era ver un pedazo de plástico girar generando sonidos que salían por los parlantes; eso me transportaba a otras realidades y el sonido en sí mismo era la magia”.

Así recuerda el músico, DJ y productor chileno Miguel Conejeros su primer acercamiento a un mundo que hoy explora desde su estudio de grabación en Santiago, la capital de Chile. Aunque formó parte de la primera banda post punk del país, los sonidos que hoy explora parecen tener más en común con Aphex Twin y Orbital que con The Cure y Joy Division. Pero las apariencias suelen ser engañosas y el artista rechaza las categorizaciones fáciles.

“Ojalá sea difícil ponerlo en la cubetera de ‘música electrónica’”, dijo Miguel en una entrevista reciente sobre “Cobijo”  (Grieta Label, 2026) el álbum que grabó junto a su amigo y camarada Jorge González.  “Está hecho con instrumentos electrónicos, claro, pero es difícil ponerlo como house, techno o experimental. ¿Dónde lo vas a poner? Eso me gusta, porque nunca me han gustado las etiquetas. Siento que condicionan mucho la escucha”.

“Cobijo es una conversación entre nosotros a través de la música”, describió en la misma charla sobre una colección de canciones creadas bajo los seudónimos F600 (Miguel) y Leonino (Jorge). “La música siempre ha sido el lugar donde hemos llegado y donde nos hemos sentido seguros. Es como construir una casa, un refugio contra las malas ondas y todo lo que nos pasa. Más que un disco, es un lugar”, detalló sobre un LP mezclado y masterizado por el productor alemán Uwe Schmidt (también conocido como Atom Heart y Señor Coconut).

Miguel Conejeros y Jorge González, Cajón Del Maipo (Marcos Vergara)

Para apreciar la evolución creativa de Miguel hay que entender parte de la historia fracturada de la tierra que habita. Aunque oficialmente el punk cumple cinco décadas en 2026, su llegada a Chile tardó varios años más en concretarse. En 1976 la policía secreta de la junta que regía a la nación aún tenía en la mira a la disidencia política y artística, a tres años del inicio de una dictadura inaugurada con el asesinato del cantante Víctor Jara en el Estadio Chile, lo que dio paso a un “apagón cultural”, donde sólo el arte que exaltaban el patriotismo era tolerado por el régimen.

Debido a esto el punk, el post punk y el new wave ingresaron casi a escondidas, dentro de las maletas de los hijos de quienes volvían del exilio o en el equipaje de un estudiante de Medicina que viajó a París a encontrarse con su hermano perdido tras el Golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende. De ese viaje regresó con una carga de vinilos de la que entonces era la nueva música, que sonaron en el primer show radial que compartió temas de Wire, The Clash y Gang Of Four en las ondas locales.

“La música que escuché en mi adolescencia fue la que más me marcó y en eso tienen mucho que ver los cassettes que llegaban por correo a La Unión gracias a mi tío, Marcos Vergara, y a Felipe Raurich. Ambos eran estudiantes de Medicina y dirigían el show de radio Nueva Dimensión. Ahí compartía joyas que en esos años nadie conocía. Él fue el responsable de que llegaran discos de punk y new wave a un Chile con censura y dictadura”, comentó en el disco recopilatorio “Prototipo” (2025).

Miguel y su hermano Iván luego se radicaron en Santiago y crearon junto a Daniel Puente Encina y Sebastián Levine la primera banda post punk de Chile, bajo el nombre provocador de Pinochet Boys. Aunque con los años las presentaciones y los dos temas que lograron registrar adquirieron la categoría de míticos, su propuesta fue recibida con una hostilidad abierta y compartida incluso por rivales ideológicos en medio de la Guerra Fría.

“¿Cuántas veces nos intentaron linchar por llevar los pelos fucsia o aros en las orejas? Ya ni me acuerdo, pero fueron muchas; los de izquierda creían que éramos de derecha y los de derecha creían que éramos comunistas. Para otros, simplemente éramos maricones, y por eso debíamos pagar; así de limítrofe era el pensamiento de nuestros compatriotas, mientras que para nosotros todo era fascista, feo, retrógrado y aburrido”, relató en los comentarios recogidos en “Prototipo”.

Miguel Conejeros, Ruta 68 (Gonzalo Donoso)

Los integrantes de Pinochet Boys conectaron con una nueva generación de artistas que, si bien rechazaba el tedio de una juventud bajo toque de queda, tampoco se sentían representados por una canción de protesta congelada en el tiempo tras la caída del Gobierno de la Unidad Popular. Dentro de estas voces escépticas estaba la de Jorge González, bajista y vocalista de Los Prisioneros, que con el tiempo se convertiría en una de las bandas chilenas más exitosas en términos de ventas e impacto social.

“Con Jorge nos conocimos previo al lanzamiento de (el disco debut de Los Prisioneros) ‘La Voz De Los 80’. Siempre hemos estado cerca, la melomanía nos ha mantenido unidos. Con Pinochet Boys le prestamos una batería electrónica muy básica, una Korg DDM-110 y él nos pasó su amplificador de bajo, que nos permitió conectarnos cuando nos juntábamos a tocar”. Jorge luego usó esa caja de ritmos para componer el “El Baile de los que sobran”, uno de los temas más emblemáticos de su agrupación.

Entre ambos surgió una camaradería que se ha extendido por décadas y un deseo común de experimentar con sonoridades difíciles de encasillar. “Contamos con cierta complicidad musical. Siempre ha sido fácil comunicarnos, porque tenemos una apreciación bastante común, nos han gustado, más o menos, los mismos grupos, la misma música y una misma mirada estética (…) Me gustan las sonoridades que logramos porque no son evidentes”.

Música para el fin de los tiempos

Aunque las texturas de los seis temas que integran a “Cobijo” se alejan de la crudeza y la crítica directa que los caracterizó en 1984, bajo la elegancia de paisajes sónicos dibujados con beats y samples sigue latiendo un corazón disgustado ante la amnesia popular que llevó al pinochetismo de vuelta al poder en Chile a fines de 2025, bajo el mandato del ultraconservador José Antonio Kast. De manera bastante acertada Jorge lo describió como” un trabajo que podría estar en la playlist del día del juicio final”.

Aunque un pasado común define los senderos que han seguido, no están interesado en descansar sobre laureles de glorias pasadas. También están conscientes de la paradoja evidente que surge al recordar los días buenos que ocurrieron durante tiempos terribles, justo cuando la sociedad chilena añora el orden que trajeron los soldados, sin recordar el precio que se pagar al ceder a esa tentación.

 “Un mecanismo del ser humano es acordarse de lo bueno y es verdad que en esos días había un sentido de lo común, de hecho, cuando hablo de ese entonces digo nosotros, en plural, y cuando hablo del presente digo yo, en singular. Había un pulso colectivo en el día a día, pero al hacer un compendio parece que estaba todo pasando y realmente la huea era más fome que la chucha. O sea, tenías que mamarte Sábados Gigantes y ver a unos fascistas subiendo un cerro con antorchas para rendir homenaje a Pinochet, no nos olvidemos de eso”, aclara.

Miguel Conejeros, Santiago, 1986 (Gonzalo Donoso)

Alguien que vivió esos días desde la vereda de los que aspiran a una sociedad más compasiva cree que las propuestas que ofrecen los nuevos autoritarios tienen un efecto que va más allá de la política, en una lectura inspirada por teóricos como Mark Fisher. “La mirada de los libertarios de derecha y de los republicanos de Kast es hiperrealista. No hay espacio para la poesía, para soñar. Bajo ese pensamiento los niños tienen que estudiar ingeniería porque si estudias literatura vas a fracasar en la vida”.

“Este pensamiento, que tiene como dogma al sistema neoliberal y el individualismo, afecta por igual a derechas e izquierdas. Lo que es más terrible es que ha permeado a la sociedad y fomenta la autocensura entre los artistas, que privilegian la idea de pertenecer a algo o estar dentro de cánones establecidos. Entonces dicen: no voy tocar esa nota porque es muy loco. Los riesgos no se asumen por temor a ser excluidos”, agrega.

Frente a este utilitarismo Miguel asume una postura clara, que comparte junto a su compañero de aventuras sónicas. “Esto lo hablábamos con Jorge, o sea, lo que nos gusta es lo extraño, la diferencia, lo raro. Salir de la norma es lo que nos atrae, lo que nos mueve, porque hacer un copy paste es fome, ¿no?”.

Esa búsqueda constante de inspiración, que va hacia adelante gracias a la música que le recomiendan sus hijos o hacia atrás cuando revisita sus discos seminales, carece de tintes revivalistas y se sustenta en un inconformismo como el que llevó a Jello Biafra a postular que el punk y sus derivados forman parte de una tradición disidente que viene desde Oscar Wilde, los primeros músicos de jazz y los poetas de la generación beat.

“Siempre vuelvo al post punk. Es el tipo de música que me lleva a hacer música. Además, hay todo un cuento en esa escena y ese tiempo. Las bandas realmente buscaban hacer algo distinto y eso se ha perdido. Cuando haces música un poco rara, te vas quedando fuera del circuito, porque hay cierto estándar que está pensado para ser masivo. Cuando pienso en el post punk no lo hago en plan nostálgico, sino que me lleva hacia algo actual y rupturista”.

Más allá de modas e ideas políticas, ambos creadores operan casi como artesanos de un sonido cuya riqueza se construye a base de pruebas y errores, que reniega de la seducción de la Inteligencia Artificial (“preferimos la estupidez natural”, afirmó Jorge hace poco) donde el proceso es una alquimia tan importante como el resultado final, según Miguel.

“Siempre he pensado que hacer música es como meditar. Cuando estoy en el estudio y comienzo a trabajar, el tiempo se detiene, todo comienza a ser más abstracto; es como si uno tuviera la capacidad de transformarse en distintos yoes, puedes ser el de la infancia y jugar por horas, el de la adolescencia y ser un idealista, o un adulto responsable. Un día puede dejar la sensación que duró cinco minutos y estar en un loop horas y horas. Es estimulante llegar a ese estado cero, donde lo que importa es el presente, el aquí y ahora”.

Miguel Conejeros, Caja Negra (Jaime Valenzuela)