
La semana pasada asistí a una función gratuita en la Sala K de la Universidad Mayor (Marín 321, Santiago). Junto con descubrir un lugar que recomiendo por su comodidad, calefacción y la selección de joyas que ofrecen, pude disfrutar por primera vez en pantalla grande de “The Thing” (1982), el clásico de culto que descarriló temporalmente la que había sido una carrera de éxitos para John Carpenter.
Los antecedentes del fiasco son conocidos para los que nos gusta nerdear: el remake de “The Thing from Another World” (1951) fue odiado por los críticos, ignorado por las audiencias y llevó a que su creador perdiera tanto la confianza en sí mismo como la silla de director en una adaptación de “Firestarter” de Stephen King (que terminó dirigida por Mark L. Lester en una versión bastante olvidable de 1984… la novela original no es tan buena, así que tampoco se podía hacer mucho).
Las razones citadas para esta debacle también son vox populi: una cinta invernal estrenada durante el verano boreal por órdenes del estudio, a semanas del arribo de “E.T. the Extra-Terrestrial” (que iba en dirección totalmente opuesta respecto a las relaciones entre humanos y extraterrestres) y de “Blade Runner” (cuya adaptación cerebral de la paranoia de Philip K. Dick no sedujo a las masas, pero tampoco las hizo salir corriendo despavoridas).
Días antes de la función en el campus El Claustro terminé de ver el documental “The Thing Expanded” (2026), una mezcla de autopsia y carta de amor que analiza con lujo de detalle la producción y los tropiezos de esta película. Una advertencia necesaria en tiempos de reels y Tik Tok: ese trabajo dura casi cinco horas, pero está dividido en capítulos de menos de 30 minutos organizados de forma temática y cronológica, lo que facilita verlos por partes como si se tratara de una miniserie.
Dejando atrás las protestas de quienes consideran excesiva tal extensión, pero que no se aprobleman al darse atracones de series en un fin de semana, esta es una enriquecedora sesión de arqueología cinematográfica que escarba en las inspiraciones literarias, motivaciones argumentales, ideas descartadas, música de Ennio Morricone, maquillaje y efectos especiales (también menciona una instancia en la que los actores casi perecen en un accidente en una montaña canadiense… otra razón para sentarse a ver este tributo).
Dentro de las entrevistas contemporáneas queda clara la amargura que produjo en Carpenter la respuesta negativa que sufrió 44 años atrás, aunque confiesa que esta es la producción de la que está más orgulloso. Tal vez el impacto de ese fracaso lo llevó a expiar culpas, al menos de manera inconsciente, al dirigir “Starman” (1984) un filme sobre una visita alienígena más amistosa que recogía de manera adulta algunas ideas de “E.T.” con toques de drama y romance.
¿Quién anda ahí?
La primera vez que vi “The Thing” fue en la versión cortada y con doblaje latino que emitió Canal 13 a fines de la década de 1980. Menciono esto porque pese a la censura del canal católico la historia me atrapó sin la presencia del Grand Guignol: era un misterio similar al de las novelas de Agatha Christie donde uno debe adivinar la identidad del asesino (dentro de ellas les recomiendo partir con “Diez Negritos”, cuya estructura narrativa fue adaptada en “Alien” y la primera entrega de “Friday the 13th”).
En la década siguiente volví a topármela en una versión exhibida en Cinecanal que recuperaba el gore y los efectos prácticos que llevaron al hospital a su creador, Rob Bottin, por agotamiento y una úlcera. Debo decir que me impactó lo grotesco de las secuencias que desconocía, pero más allá del morbo la historia seguía siendo tan sólida como el bloque de hielo donde estuvo aprisionado el ocupante de la nave que cayó en la Antártida.
Al poder contrastar finalmente las versiones “televisión pública”, “cable noventero” y “sala de cine” puedo empatizar hasta cierto punto con la reacción visceral que tuvieron los primeros críticos y espectadores (especialmente los de la órbita de la ciencia ficción) al ver como su amado clásico era mancillado y regurgitado de manera casi irreconocible por un director que se tomó demasiado en serio el calificativo de “iconoclasta”.
Pocos hicieron caso cuando Carpenter dijo que intentó ser lo más fiel posible a la novela corta “Who Goes There?” (1938) de John W. Campbell, punto de partida para ambos filmes y que pueden encontrar en la antología “La cabeza de la Gorgona y otras transformaciones terroríficas” de editorial Valdemar (que también incluye el cuento de George Langelaan “La mosca”, base de otro clásico sobre ciencia y espanto).
La fuerza de las imágenes de pesadilla fue tal que, creo, impidió que muchos vieran algo esencial que rescatan las entrevistas de “The Thing Expanded”: en cierto punto los supervivientes de la Base 31 aceptan que ya no luchan por sobrevivir, sino por evitar el fin del Mundo.
Pese a los estereotipos de masculinidad que desbordan sus personajes, la cinta concluye con una resignación casi pacífica de que se hizo todo lo posible por frenar la posibilidad de un contagio global, como una tregua en medio del fuego, el hielo y la oscuridad entre las figuras que más chocaron durante la crisis.
Esta instancia de sacrificio kamikaze por el bien de la humanidad resuena con fuerza en momentos en que la lógica post pandemia parece ser de un “sálvese quien pueda”, donde la única comunidad son un puñado de amigos y la familia más cercana, y que el resto mejor actualice su CV y ponga a Linkedin en sus favoritos.
Aunque “The Thing” no es para todos y sólo sugiero “The Thing Expanded” a quienes ya están enamorados de su renegado director, creo que ambas funcionan como estudios sobre la condición inhumana y el temor al otro.
Cómo advertían los viejos mapas marinos “aquí hay monstruos”, pero no vienen de las estrellas, sino desde nosotros mismos. Frenar las catástrofes no se logra con pruebas de pureza en la sangre o un descenso en la paranoia, sino trabajando juntos en busca de fines menos egoístas.
